http://jesusmartin-violin.blogspot.com (04.06.2009)

La tradición violinistica española es algo más retrasada que la europea. En la segunda mitad del siglo XVII Sv Serenissima Alteza Don Juan José de Austria nos obsequió con la llegada de violinistas italianos. En 1669 sus músicos de cámara en Zaragoza ya tañen sonadas instrumentales de compositores extranjeros. Todo esto consiguió que creciera el interés por un intrumento que comenzó a ser habitual en las capillas de la península ibérica. Sin embargo, el violinista español del siglo XVIII tiene una función específica acompañando teatro, zarzuela, ópera y, sobretodo, liturgia. Hasta mitad de siglo la sonata para violín es un género prácticamente inédito en nuestro país. Pero el gran florecimiento musical y cultural de Madrid trae músicos italianos en busca de trabajo que, una vez establecidos, contagian a sus compañeros españoles de atril el gusto por la composición dedicada al violín y bajo continuo.
José Herrando publica su tratado de violín en 1757, surgido posiblemente por la incompetencia de algunos de estos músicos extranjeros para adaptarse a la tradición ibérica en la que la necesidad de leer música para acompañar a cantantes era casi innecesaria. En esa misma época los violinistas españoles comienzan a "copiar" a los italianos y publican sus colecciones de sonatas por encargo o con fines comerciales. Manalt, Herrando, Ximénez, Oliver, Ledesma, Rexach,... unidos a los extranjeros Miguel Geminiani (hermano de Francesco), Boshoff, Facco, Reynaldi, Corselli (o Courcelle), D'Alay,... fueron algunos de los más importantes compositores de música para violín en la España de la época. Hubo bastantes más pero, por desgracia, incendios y guerras nos han privado de lo que a buen seguro llegó a ser habitual por aquel entonces.
El segoviano Juan de Ledesma fue paje del infante Don Fernando (Fernando VI) que se encargó personalmente de su ingreso en el Colegio de Cantores de la Real Capilla en 1725 donde fue instruido en música por el gran José de Torres. Probablemente fue alumno de alguno de los grandes violinistas que en aquella época ejercian funciones importantes en la Capilla Real, bien pudo ser Miguel Geminiani o Gabriel Terri. Se sabe que hasta su salida del Colegio en 1729 sus habilidades con el violín le permitieron completar ocasionalmente la plantilla de la Capilla Real. Más tarde, en las décadas de los 40 y 50, Ledesma es violinista del Real Coliseo del Buen Retiro. Su relación con el Rey Fernando VI debió ser especial y trató de aprovechar tal circunstancia en 1747 solicitando plaza en la orquesta de la Real Capilla. A pesar de contar con la aprobación de Corselli el cardenal Mendoza tira por tierra las aspiraciones de Ledesma recomendando especialmente a Francisco Fayni y Esteban Isern. Parece evidente que Corselli tenía sumo interés porque Ledesma entrara como violista en la Real Capilla pues lo debía considerar uno de los mejores intérpretes de viola, un instrumento cuyo número quería aumentar el italiano en su orquesta. Así pues pudieron estar de acuerdo para realizar el intento de 1749 donde Ledesma súplica al Rey un puesto como violista y Corselli manda un informe al monarca elevando al segoviano a los altares musicales y personales. Ledesma accede directamente a la plaza de primer viola de la Capilla Real el 23 de abril de 1749, puesto que ocupó hasta su muerte en 1781. Es curioso que, siendo mucho mejor remunerada, nunca hizo un nuevo intento por acceder a plaza como violinista. Quizás su entrada "a dedo" en la plantilla de la orquesta tuviera sus acuerdos y limitaciones posteriores. En cualquier caso su reputación como solista de viola se haría evidente años más tarde cuando el nuevo monarca Carlos III lo llamaba junto con los violinistas Brunetti y Landini y el chelista Porretti para interpretar cuartetos de cuerda en su estancia en Aranjuez. Su sueldo nunca debió permitirle llevar una vida cómoda y compaginó su profesión como músico con otras, como negocios de diversas índoles.
En 1986 y entre los restos de una biblioteca musical del siglo XVIII perteneciente al Conde Fernán Núñez que fue cortesano, embajador y biógrafo de Carlos III, además de músico aficionado, aparece un volumen de alrededor de 1760 con 26 Sonatas para violín y bajo de autores como Tartini, Herrando, Boshoff, Zucarini, D'Alay y Juan de Ledesma. Del segoviano se incluyen 5 sonatas. Éstas fueron editadas individualmente por Lothar Siemens para la SEDEM en 1989. Ahora, 20 años después, podemos disfrutar de ellas por pimera vez en disco compacto.
Ledesma crece en un ambiente musical con claras infuencias del barroco italiano y en estas sonatas podemos escuchar notas que bien podían haber salido de la pluma de autores como Vivaldi, Geminiani e incluso Tartini. Pero si de algo da muestra Juan de Ledesma en esta colección es que estaba al tanto de todas las corrientes musicales y estilos que surgían en la corte madrileña. Su puesto en la Real Capilla se lo permitía. Un ejemplo claro es la segunda sonata que goza de una frescura y originalidad apabullante, con un primer tiempo en el que casi podemos escuchar los toques de trompetas y timbales en notas graves, que contrastan con melodías de notas agudas. Y un precioso segundo tiempo que bien podría evocar una noche de paseo por unos jardines madrileños. Aquí los intérpretes, con buen criterio, prescinden del relleno armónico del bajo continuo y consiguen darle todavía un aire más clásico. Esta misma opción la encontramos en el movimiento central de la cuarta donde violín y violoncello conversan en una especie de juego pregunta respuesta que en ocasiones casi es como un eco. Ledesma utiliza la genial fórmula del minué con variciones para finalizar la primera y la quinta sonatas. El segoviano, además de estilísticamente, aprovecha muy bien estas variaciones para incorporar los principales elementos técnicos del violinismo de la época: trinos continuos, dobles cuerdas, arpeggios, stacatti, armónicos, etc. La tercera sonata también comienza con pinceladas pre-clásicas que desembocan en un sublime segundo movimiento: un largo, de estilo barroco, inspiradísimo y que finaliza el violinista Blai Justo con una fantástica cadencia.
La interpretación es buena en todo momento. Tomando como base la edición de las sonatas de Siemens consiguen dar un toque personalisísimo: desde las dinámicas hasta las variantes del bajo, que se hacen más notorias en las que violín y violoncello prescinden de la guitarra. La elección de instrumentos utilizados es bastante afortunada y es explicada por Blai Justo en el libreto del CD. Incluso la incursión de la guitarra pre-romántica, que le da un toque especial, muy marcado en el tiempo lento de la quinta sonata. Especial agrado me produce el sonido del violín utilizado por Justo. Se usan en muchas ocasiones en grabaciones instrumentos del siglo XVII y XVIII de "famosos" constructores, cuyo único valor es precisamente ese. Aquí podemos disfrutar del violín construido por el conocido Dmitry Badiarov en 2003. El instrumento tiene un sonido equilibrado entre cuerdas y que puede sonar igual de dulce y bonito tanto en pasajes graves como en pasajes agudos. Sobre él nos cuenta Blai Justo: "El violín de Dmitry Badiarov que toco no está basado en un modelo de principios del siglo XVIII. Se trata del resultado de una serie de investigaciones sobre las técnicas de construcción vigentes en la primera mitad del XVIII. En aquella época no había modelos fijos para los violines, sino que cada constructor diseñaba sus propios modelos siguiendo unas leyes físicas y buscando un resultado sonoro determinado. A partir de la generalización del sistema métrico decimal, esta práctica se perdió para dar paso a la copia de los modelos de los grandes maestros. Badiarov ha recuperado esta técnica y la pone en práctica en la fabricación de sus instrumentos. Mi violín está construido sobre la base de un modelo creado por el propio luthier." En definitiva, un disco muy recomendable en todos los aspectos: música, nacionalidad, interpretación, instrumentación,... que no debería faltar en la cedecoteca de ningún aficionado ni profesional.

Jesús Martín