Diverdi (27.10.2009)
Perdidas en el trágico incendio del palacio de Liria de 1936, mas felizmente recuperadas por el musicólogo Lothar Siemens hace veinte años en un manuscrito que perteneció al melómano VI conde de Fernán Núñez, las cinco sonatas para violín y bajo de Juan de Ledesma (c.1713-1781) constituyen un magnífico ejemplo de la no muy conocida escuela violinística española del siglo XVIII. Segoviano de nacimiento, Juan de Ledesma pasó toda su vida profesional vinculado a la corte borbónica, en la que comenzó su andadura como paje del infante don Fernando (futuro Fernando VI, que le llamaba afectuosamente Lesmes) y tras recibir una sólida formación como cantor e instrumentista de José de Torres y, casi con seguridad, de los violinistas italianos entonces presentes en Madrid, se integró en 1749 como violista en la capilla real, formando parte igualmente de la orquesta reunida por Farinelli para las veladas operísticas del Buen Retiro. Los fracasos económicos extramusicales (se aventuró a gestionar una fábrica de paños juntamente con un socio del también músico y negociante Domingo Porreti) y los efectos de una enfermedad crónica le llevaron a retirarse en 1774 a la localidad alcarreña de Almonacid de Zorita, donde falleció siete años más tarde.
Fechadas posiblemente hacia 1760 y estructuradas en tres movimientos (todas, excepto una, rápido-lento-rápido), las sonatas de Ledesma se encuadran inequívocamente en el área de influencia italiana. Una influencia extensa, de Corelli a Tartini, sin olvidar a Geminiani -su hermano Miguel andaba por Madrid-, pero trufada de ecos populares autóctonos y abierta a las corrientes preclásicas que de Europa llegaban a España. Exhiben, por otra parte, un notable talento melódico en su autor -algunos de los movimientos lentos son auténticamente deliciosos-, además de su profundo conocimiento de las técnicas interpretativas del instrumento. Y reciben del violinista mallorquín Blai Justo y sus compañeros Elisa Joglar (violonchelo) y Bernard Zonderman (guitarras barroca y prerromántica), todos ellos jóvenes, pero avezados miembros de los más descollantes grupos historicistas, la mejor interpretación que se pueda imaginar. Su indudable maestría técnica y estilística, su complicidad y perfecta compenetración, su finura y elegancia realzan considerablemente la belleza de la música, mientras que las elecciones realizadas sobre el bajo continuo, sobradamente explicadas en el folleto, subrayan tanto su carácter hispano cuanto las influencias preclásicas. El resultado es un precioso disco que desvela espléndidamente a la generalidad de los melómanos otro fragmento más de nuestra historia musical.
Mariano Acero Ruilópez