Diverdi no. 137 (Mayo 2005)
EL DISCO, COMO OBRA DE ARTE TOTAL
La crisis altraviesa el mundo del disco,
galopante como un jinete del Apocalipsis. Gran parte de la culpa se atribuye
a la copia ilegal, a las descargas de Internet. Hay un remedio fácil
contra ese espectro, alguien lo ha señalado. Ofrézcanse al consumidor
productos irrepetibles, inimitables, incopiables. Eso sí: hay que ser
capaz de crearlos. ¿Se rebajarían ustedes a copiar chapuceramente
grabaciones como éstas, que son unas obras de arte? No podrían,
por más que quisieran. Muerta de agotamiento la gallina de los huevos
de oro, el futuro será de artistas así. La floración de
pequeños sellos independientes de éxito tiene que ver con esto,
me parece. Productos exquisitos por dentro y por fuera, que comienzan por imaginar
al comprador como a alguien capaz de discernimiento estético, en las
antípodas del animal de rebaño con el que sueñan los grandes
trusts.
El último de los llegados a este club admirable se llama RAMÉE
y tiene su cuartel general en Alemania. Su editor y factótum es Rainer
Arndt, un violonista barroco a quien hemos conocido formando parte de La Petite
Bande o el Ricercar Consort y también como ingeniero de sonido para Raumklang
o Mirare. Lanza ahora su propia firma. Sus cuatro primeras entregas son un placer
para el oído y el espíritu, para la vista (digipacks en un diseño
sobre blanco, originalísimo y atrevido) e incluso él lo
dice para el tacto: un cartón mate que no exige ser muy fetichista
para sentir el agrado de tenerlo entre las manos. Un producto semiartesanal,
en suma, que transpira el buen gusto y la extraordinaria competencia de su artífice.
Si las propuestas siempre dentro de la música barroca o antigua
enfocada con criterios historicistas van desde el repertorio ordinario
(Bach) o menos ordinario (Leclair) o lo inédito (O dulcis amor) o casi
(Praetorius), todas se justifican por algún componente novedoso. ¿A
qué, si no, traer más hijos discográficos a este perro
mundo? Así, por ejemplo, el Bach de las Sonatas para flauta. Dos intérpretes
húngaros abordan las cuatro partituras de autenticidad probada, algo
hoy habitual. Benedek Csalog es un flautista del circulo de Barthold Kuijken.
Miklós Spányi no necesita presentación (¿hará
falta recordar su tarea como músico y editor con la obra de Carl Philipp
Emanuel?). Se trata de un teclista inquieto y un gran investigador de los instrumentos
históricos, que colecciona y conoce a fondo. La idea de llevar el bajo
continuo acompañando la delicada sonoridad del traverso con un frágil
clavicordio ilumina dos de las piezas con una luz de cámara más
intimista que nunca, confidencial diríamos. Las otras dos se tocan con
un fortepiano. Csalog cambia igualmente de instrumento en función del
teclado elegido. La interpretación, tranquila, límpida y equilibrada,
no es un prodigio de temeridad en estos tiempos en que el Kantor se suelta frenético
la peluca (¡Café Zimmermann!), pero a cambio tíene eso que
ofrecer, algo más que suficiente para abrirse un hueco en nuestra discoteca.
El Leclair protagonizado por Luis Otavio Santos (Sonatas V, VII, X y XII del
Cuarto Libro, de 1743) es, si no me equivoco, el primer disco como solista de
este brasileño, hombre de confianza del otro Kuijken, Sigiswald, y primer
atril en el Ricercar Consort y La Petite Bande. Un gran violonista, nadie que
le haya escuchado en concierto lo dudaba. Técnicamente deslumbrante,
impecable desde el punto de vista del estilo, de sonido carnoso y pleno, firma
junto con sus compañeros de inusual nombre latino su compatriota
el clavecinicta Santoro y el gambista venezolano Rodriguez Miranda lisa
y llanamente la más acabada versión hasta la fecha de estas páginas
maestras del creador de la escuela francesca de violín, que moriría
asesinado en 1764. En ese sentido, posiblemente la referencia más competitiva
de las cuatro.
A su lado, el monográfico dedicado a Praetorius constituye más
bien una rareza. Este Jacob Praetorius (o Schultz en su original alemán)
discipulo de Sweelinck como su colega y amigo Scheidemann, nada tiene que ver
con el Praetorius que todos conocemos: es el representante principal de una
dinastía de organistas perteneciente a la poderosa escuela alemana del
Norte del XVII. En torno al coral que da título a la selección,
Von allen Menschen abgewandt, el holandés Léon Berben nos brinda
un Vater unser, tres Preambula o preludios y otros tantos Magnificat, cuyos
versículos en canto llano entona la mezzosoprano Britta Schwarz. La lectura,
por sí sola imponente, cuenta con una baza suplementaria en el órgano
empleado, el Scherer de la ciudad hanseática de Tangermünde (1624),
similar al que manejó el compositor y reliquia única en su género;
sus tuberías construidas en plomo sin aleación le prestan sonoridades
de una redondez característica. ¿Una rareza? Vale, pero ¡qué
rareza!
Si se me permite la confesión subjetiva, el coup de cur
como dicen nuestros vecines del comentarista es el compacto que abre
la serie. Ilustradi sobre el blanco fondo común con la sorprendente figura
de un maniquí anatómico femenino del siglo XVI, O dulcis amor
reúne composiciones sacras y profanas de mujeres del Seicento entre la
primera y la segunda prattica. Cinco intérpretes, las que integran el
conjunto La Villanella Basel, formadas en la Schola Cantorum de Basilea y encabezadas
por la soprano Heike Pichler-Trosits, se ponen al servicio de cinco compositoras.
De su descubrimiento o rescate en primer lugar, pues más allá
de la veneciana Barbara Strozzi (1619 - h. 1664), el « caso » por
excelencia, o de Francesca Caccini (1587 - h. 1641), digna heredera de su padre
Giulio y primera fémina autora de una ópera, nos hallamos naturalmente
ante desconocidas: Caterina Assandra (h. 1590 - h. 1618), Vittoria Aleotti (h.
1575 - h. 1620) y algo menos si acaso la monja Isabella Leonarda
(1620 - 1704), la « Musa de Novara ». Lo vocal alterna con lo instrumental;
el motete, el madrigal o la arieta con la reducción en tablatura al virginal
o el órgano, o en disminuciones para la flauta, con la sonata inclusive,
desgranando un programa de misteriosa belleza. Tipica música de la época,
sin nada desde luego que en rigor la distinga de la cualquiera de sus contemporáneos
masculinos, pero escogida con mucha finura y recreada con un vuelo poético
que encendila al oyente. El acierto es total. En su primera grabación,
La Villanella demuestra también que sabre hacer un disco. Desde que lo
hizo sonar, este servidor de ustedes no ha podido separarse de él.
Jesús S. Villasol